Adolescencia, el tiempo de la rebeldía

Spread the love

Sometidos a un duro proceso de cambios físicos y sicológicos, los adolescentes necesitan como nunca de la concurrencia de sus padres para enfrentar esa etapa de desequilibrios previa a la edad adulta.

Aunque es casi imperceptible para la mayoría, esa sombra que aparece sobre su labio superior es capaz de quitarle el sueño. Es que este pequeño cambio, en un cuerpo que aún parece de niño, lo obliga a asumir actitudes adultas, que se veían tan lejanas, como el afeitarse.

La misma angustia invade a una joven, que entre sus juegos infantiles, se ve obligada a usar una ropa interior que siente que no le pertenece, cuando comienza a desarrollarse.

Todas estas modificaciones físicas y hormonales que surgen con la pubertad y se manifiestan también en el brote de espinillas, vergonzosos cambios de voz y aparición de vellos donde nunca antes se habían visto, no son los únicos cambios que marcan el paso del tiempo. Otra serie de transformaciones conductuales hacen de la adolescencia un periodo especialmente difícil, no sólo para quien lo vive, sino también para los que rodean a su protagonista.

Es que justamente es en esta etapa cuando el pequeño tiene la no menos despreciable misión de definir quién será en el futuro, pues la adolescencia, no corresponde sólo a una marca en el calendario, sino que a una transformación sicológica necesaria para el paso a la adultez.

Así, una serie de necesidades, sentimientos e inquietudes se abren paso en la mente del niño. Todo esto con el fin de lograr la identidad, es decir, responder a la pregunta “¿quién soy?”.

Para tal tarea, el niño pasa de un pensamiento concreto a otro hipotético-deductivo, que le permite formular hipótesis frente a una situación dada, asociar ideas y comprender la ambigüedad de las cosas.

Para los padres, éste será el momento en que al dar una orden se enfrentarán con un desafiante: “¿y por qué?”. La situación no está exenta de conflictos para la relación padre-hijo, pues muchas veces, los progenitores no aceptan que se les exijan explicaciones. “Muchos siguen viendo a los hijos como ese niñito que estaba dispuesto a adherirse irreflexivamente a las opiniones de los padres. No toleran que de pronto tenga opiniones propias, otra visión del mundo y que quiera descubrir situaciones nuevas“, explica el siquiatra especialista en adolescentes, Arturo Roizblatt.

Tampoco faltará que, de un momento a otro, comiencen a ver cómo su hijo utiliza vestimentas o cortes de pelo no siempre acordes con el estilo que ellos consideran apropiado. Claro, que estas “fachas” serán tan cambiantes como su conducta, la que seguramente variará de acuerdo a la circunstancia en que le toque desenvolverse, y por lo que no será raro que los padres se quejen -por ejemplo- de que el joven sea de una forma en el colegio y de otra muy distinta en la casa.

Y es que, según explica el siquiatra Patricio Fischman, en esta búsqueda de identidad, el muchacho opta por probar distintos roles, adoptar características que le parecen atractivas de un determinado modelo y aplicarlas a las distintas situaciones, para luego -hacia el final de la adolescencia- descubrir cuáles le sirven o se adaptan mejor a sus propias condiciones internas.

“Durante todo este periodo, el adolescente se comporta como si estuviera siempre en frente de una audiencia imaginaria. Una especie de escenario permanente, en donde él tiene la vívida sensación de estar siendo sometido a un escrutinio. De este modo, el joven va formando la imagen de quién es, de acuerdo a cómo se mira en los ojos de los demás”, señala el especialista.

Otra de las cotidianeidades que, probablemente, será en más de una ocasión foco de conflicto entre padres e hijos es el diferente concepto que ambos tienen sobre el tiempo. A los adultos generalmente les resulta angustiante y les cuesta tolerar que el joven no reaccione ante la “urgencia de las cosas“. Sin embargo, según explica Roizblatt, es normal que el adolescente se maneje en un tiempo paralelo, en el cual “el ahora”, “el más rato”, “el mañana” o “el futuro” son una misma cosa.

Esta situación tiende a exasperar a los padres, más aún cuando ven que sus hijos son capaces de permanecer toda una tarde sobre su cama mirando el techo de su habitación y después manifestarse cansados.

“Para los padres, los chicos no están haciendo nada y por eso no entienden que estén cansados. Pero, la verdad es que están creciendo y ese es un proceso de mucho desgaste energético“, explica la doctora Susana Mansilla, médico especialista en adolescencia.

Pero el asunto no termina ahí. Es común que, paulatinamente, los padres vayan convirtiéndose en el principal blanco de las críticas y ataques de su hijo. De pronto, nada de ellos le gusta ni satisface al joven, y la admiración que alguna vez demostró por ellos parece volcarse ahora hacia ídolos o amigos.

Tanto así que, si durante la infancia, los padres representaron para el niño una buena y cariñosa ayuda, con la llegada de la adolescencia parecen resultarle extremadamente intrusos, desconfiados y controladores. Todo esto, unido al hecho de que para el muchacho cada vez es menos atractivo participar de las reuniones familiares o salir -e incluso vacacionar- en compañía de sus padres.

El asunto es que ninguna de estas críticas está realmente dirigida a los padres. Simplemente forman parte del proceso. El joven necesita rechazar a sus progenitores, considerarlos equivocados y rebelarse ante ellos, como único camino para lograr la separación que le permitirá saber que realmente es un individuo diferente. En forma simultánea, el joven comienza a buscar la compañía de sus padres y su inserción en los grupos.

Es en este momento cuando algunos padres -para evitar caer en confrontaciones con su hijo- optan por asumir una actitud demasiado permisiva, colocándose casi en un nivel horizontal con ellos, como si fuesen un amigo más. En opinión de Fischman, ése es el peor camino que pueden escoger los progenitores, ya que si bien en un comienzo para los niños será admirable un comportamiento tal en sus padres, a la larga se sentirán traicionados y vacíos. No sólo por el sentimiento de angustia que les produce el tener que desenvolverse sin que exista un punto de referencia, una autoridad que le fije pautas y límites, sino porque además no le están dando la oportunidad de tener a alguien contra quien rebelarse.

Otra conducta no poco frecuente es la que asumen, generalmente, aquellas familias demasiado cohesionadas o padres muy rígidos en sus normas. Para estos, se vuelve algo muy difícil de asumir el inevitable sentimiento de pérdida que se produce cuando los niños dejan de verlos como lo más importante.

Es ahí cuando comienzan a creer que la integridad de la familia se ve amenazada por el alejamiento del hijo y optan por restringir salidas, negar la entrada a la casa de amigos o pololos, y criticar las conductas del adolescente. Todo lo cual, por cierto, sólo redundará en un mayor grado de rebeldía del muchacho.

“En otros casos, es posible toparse con familias disfuncionales. Sobre todo, aquellas madres que han criado al hijo sin ayuda de una pareja y que generan un sentimiento de culpa cuando el joven intenta distanciarse. La típica frase: ‘claro, tú sales, mientras yo me quedo aquí planchando. Esa mamá va a formar a un hijo que no estará preparado para hacerse adulto”, comenta Roizblatt.

Por eso, lo ideal es fijar límites, establecer las pautas que seguramente el joven rechazará en un comienzo, pero que igual probará y después comprenderá que le sirven. Todo esto, con la suficiente flexibilidad y sin criticar, sino que demostrando interés por la subcultura en que el muchacho está inserto.

“En el proceso de la adolescencia, los padres desempeñan un papel esencial. Deben permanecer ahí, aceptar ser rechazados, y con ello darle a entender al niño que tiene el permiso para distanciarse. Pero también deben ser como un ancla, que deja al barco navegar un poco, pero sin alejarse mucho”, comenta Fischman.

Está claro, en todo caso, que se trata de fronteras muy sutiles y que, como reconoce Fischman, decirlo es bastante más fácil que ponerlo en práctica. Sin embargo, para los especialistas, los padres nunca pueden olvidar que lo esencial en esto es el conocimiento y cercanía que cada uno tenga de su hijo, algo que no comienza precisamente en la adolescencia, sino desde el momento mismo del nacimiento.

“Recién cuando comienza la etapa de distanciamiento en el joven, muchos padres se dan cuenta de que fueron ellos los que durante 14 años estuvieron alejados de sus hijos. Es difícil, entonces, que a esas alturas puedan exigir que el muchacho los haga partícipes de lo que está viviendo”, señala Roizblatt.

*Artículo publicado por Carmen Gloria Ramons en la Revista Qué Pasa (2003).